Diciembre de 1985, cumplía años y culminaba también de
manera exitosa una importante etapa, me graduaba con honores en uno de los más
reconocidos y prestigiosos nidos de la ciudad... era un experto dibujante de
palitos y círculos, todo iba viento en popa... la vida me sonreía.
Mi madre había escogido un nuevo colegio, como para no
perderme éste quedaba a tan solo metros del nido, volteando en la esquina el
primer portón... ahí estudiaría la primaria. A veces me pregunto qué algoritmo
aplicó mi sabia madre para encontrar aquel lugar.
Era el colegio 22464
"República Argentina", a mi corta edad solo entendía que su nombre
sonaba bonito, que tendría una nueva profesora que nos hablaría dulcemente y
por último, pero no menos importante, también gozaríamos dos veces al día de
quince minutos libres.
Lo mencionado al
final del párrafo anterior no era una promoción de empresa de telefonía, sino
el mejor momento de un día escolar, la más preciada recompensa a nuestras ganas
de diversión... y lo mejor de todo que lo gozaríamos por partida doble... era
"el recreo".
Recuerdo haber
disfrutado de aquel descanso en el nido... balanceándome en los columpios,
colgado del pasamanos, deslizándome por el solicitado resbaladin, corriendo por
el extenso patio, inventar alguno que otro juego o simplemente mirar al resto
de los niños... así solían ser.
Había además una
pausa dentro de las horas de clase, que servía para alimentarnos con lo
encontrábamos en nuestras temáticas loncheras... panes con manty, fruta fresca
y refresco de gelatina, era el momento en que se ensuciaban nuestros impecables
mandiles celestes.
Con todas esas anécdotas
mencionadas, presentía que me iría de maravilla en la escuela primaria...
faltaban unos meses aún y la ansiedad de alguna forma afectaría mis buenos
ánimos, así que buscaría la manera de pasar el tiempo y disfrutarlo al máximo.
La playa estuvo
presente en la vida de todo pisqueño, mi casa se situaba a unos quince minutos
de ella a pie... sus aguas frescas eran las favoritas de los más pequeños y yo
era un asiduo visitante... mi padre nos llevaba a todos y éramos felices como
peces en el agua.
Como cuarto y último
de los hermanos varones, heredaba sin testamento alguno todos los juguetes que
ellos dejaban de usar, era una de las pocas ventajas que recuerdo haber
tenido... ventaja de la cual también disfrutaron todos aquellos que jugaban
conmigo.
Mi hermana era la
última de la familia, pero la engreída de mi madre... en ese entonces tenía 3
años, con ella jugaba a los superhéroes, donde se atacaba al villano... yo era
el superhéroe; pero no me condenen... ella siempre me ganaba en fuerza y
terminaba magullado.
En febrero un buen
vecino nos entregó una invitación del cumpleaños del menor de sus hijos, Raúl
Ruiz cumpliría su primer añito y yo no me perdería aquella fiesta. Ya empezaba
a mostrar interés por la música... involuntariamente mis hermanos me hicieron
escuchar rock en español.
Faltaba muy poco para
ir al colegio y mis padres ya habían comprado los útiles escolares; también
debía vestirme con un pantalón gris y una camisa blanca... acaso el usar
uniforme como los adultos sería una nueva señal de lo muy importante que sería
la primaria.
El primer día de
clases todos fueron con sus padres... era un gran paso que no podíamos dar
solos, ellos nos darían seguridad para vencer nuestra timidez e ingresar por
aquella puerta... se habían preparado para aquel momento durante muchos años y
terminaron creando un protocolo.
Los procedimientos
indicaban que nuestro acompañante de turno primero respiraría profundamente,
luego tomaría de nuestra mano y finalmente caminaría junto a nosotros hasta
cruzar la línea que separaba la calle con la institución... hasta ahí parecía
de lo más sencillo.
Fue así que poco a
poco fuimos ingresando al colegio... estaba funcionando de acuerdo a lo
establecido, hasta que algo ocurrió. Un niño se había aferrado a la pierna de
su madre... todos quedamos atónitos, no entendíamos que estaba sucediendo... se
había roto el protocolo.
Me tocó estar muy
cerca cuando empezó todo, estaba del otro lado de la puerta... había cruzado el
umbral de la mano de mi madre... cuando de pronto se dejaron escuchar unos
gritos desgarradores, ensordecedores y contaminantes... ¡Mamá, no me dejes!
Aquel niño estaba
expresando a viva voz que ahí lo abandonarían... al cabo de unos segundos eran
una decena de ellos llorando...que difícil situación, debía decidir entre
seguir mi marcha al salón de clases o dar mi apoyo moral a esos niños... es así
que terminé uniéndome al grupo.
Esa primera
experiencia marcó a los que fuimos parte de ella... fue un mal inicio y
confieso que los buenos ánimos desaparecieron por completo; pero el protocolo
tenía un procedimiento secreto que indicaba textualmente, voltear la página en
caso de emergencia.
Nuestros padres supieron
aplicar sabiamente aquel instructivo final y lograron calmar nuestro llanto,
unos demoraron más que otros en ingresar; pero al final todos lo hicimos... que
completo resultó aquel protocolo; años después supe que no era tan cierto.
Voltear la página
solo le decía a nuestros padres que debían de aprender de aquel momento de
angustia y seguir hasta lograr convencernos...finalmente ellos estuvieron en la
ceremonia de presentación, en el salón de clases y en los recreos... así fue
nuestra primera experiencia en el primer día de la escuela primaria.
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