miércoles, junio 19, 2013

La primaria - Parte 1

Diciembre de 1985, cumplía años y culminaba también de manera exitosa una importante etapa, me graduaba con honores en uno de los más reconocidos y prestigiosos nidos de la ciudad... era un experto dibujante de palitos y círculos, todo iba viento en popa... la vida me sonreía.
Mi madre había escogido un nuevo colegio, como para no perderme éste quedaba a tan solo metros del nido, volteando en la esquina el primer portón... ahí estudiaría la primaria. A veces me pregunto qué algoritmo aplicó mi sabia madre para encontrar aquel lugar.
 Era el colegio 22464 "República Argentina", a mi corta edad solo entendía que su nombre sonaba bonito, que tendría una nueva profesora que nos hablaría dulcemente y por último, pero no menos importante, también gozaríamos dos veces al día de quince minutos libres.
 Lo mencionado al final del párrafo anterior no era una promoción de empresa de telefonía, sino el mejor momento de un día escolar, la más preciada recompensa a nuestras ganas de diversión... y lo mejor de todo que lo gozaríamos por partida doble... era "el recreo".
 Recuerdo haber disfrutado de aquel descanso en el nido... balanceándome en los columpios, colgado del pasamanos, deslizándome por el solicitado resbaladin, corriendo por el extenso patio, inventar alguno que otro juego o simplemente mirar al resto de los niños... así solían ser.
 Había además una pausa dentro de las horas de clase, que servía para alimentarnos con lo encontrábamos en nuestras temáticas loncheras... panes con manty, fruta fresca y refresco de gelatina, era el momento en que se ensuciaban nuestros impecables mandiles celestes.
 Con todas esas anécdotas mencionadas, presentía que me iría de maravilla en la escuela primaria... faltaban unos meses aún y la ansiedad de alguna forma afectaría mis buenos ánimos, así que buscaría la manera de pasar el tiempo y disfrutarlo al máximo.
 La playa estuvo presente en la vida de todo pisqueño, mi casa se situaba a unos quince minutos de ella a pie... sus aguas frescas eran las favoritas de los más pequeños y yo era un asiduo visitante... mi padre nos llevaba a todos y éramos felices como peces en el agua.
 Como cuarto y último de los hermanos varones, heredaba sin testamento alguno todos los juguetes que ellos dejaban de usar, era una de las pocas ventajas que recuerdo haber tenido... ventaja de la cual también disfrutaron todos aquellos que jugaban conmigo.
 Mi hermana era la última de la familia, pero la engreída de mi madre... en ese entonces tenía 3 años, con ella jugaba a los superhéroes, donde se atacaba al villano... yo era el superhéroe; pero no me condenen... ella siempre me ganaba en fuerza y terminaba magullado.
 En febrero un buen vecino nos entregó una invitación del cumpleaños del menor de sus hijos, Raúl Ruiz cumpliría su primer añito y yo no me perdería aquella fiesta. Ya empezaba a mostrar interés por la música... involuntariamente mis hermanos me hicieron escuchar rock en español.
 Faltaba muy poco para ir al colegio y mis padres ya habían comprado los útiles escolares; también debía vestirme con un pantalón gris y una camisa blanca... acaso el usar uniforme como los adultos sería una nueva señal de lo muy importante que sería la primaria.
 El primer día de clases todos fueron con sus padres... era un gran paso que no podíamos dar solos, ellos nos darían seguridad para vencer nuestra timidez e ingresar por aquella puerta... se habían preparado para aquel momento durante muchos años y terminaron creando un protocolo.
 Los procedimientos indicaban que nuestro acompañante de turno primero respiraría profundamente, luego tomaría de nuestra mano y finalmente caminaría junto a nosotros hasta cruzar la línea que separaba la calle con la institución... hasta ahí parecía de lo más sencillo.
 Fue así que poco a poco fuimos ingresando al colegio... estaba funcionando de acuerdo a lo establecido, hasta que algo ocurrió. Un niño se había aferrado a la pierna de su madre... todos quedamos atónitos, no entendíamos que estaba sucediendo... se había roto el protocolo.
 Me tocó estar muy cerca cuando empezó todo, estaba del otro lado de la puerta... había cruzado el umbral de la mano de mi madre... cuando de pronto se dejaron escuchar unos gritos desgarradores, ensordecedores y contaminantes... ¡Mamá, no me dejes!
 Aquel niño estaba expresando a viva voz que ahí lo abandonarían... al cabo de unos segundos eran una decena de ellos llorando...que difícil situación, debía decidir entre seguir mi marcha al salón de clases o dar mi apoyo moral a esos niños... es así que terminé uniéndome al grupo.
 Esa primera experiencia marcó a los que fuimos parte de ella... fue un mal inicio y confieso que los buenos ánimos desaparecieron por completo; pero el protocolo tenía un procedimiento secreto que indicaba textualmente, voltear la página en caso de emergencia.
 Nuestros padres supieron aplicar sabiamente aquel instructivo final y lograron calmar nuestro llanto, unos demoraron más que otros en ingresar; pero al final todos lo hicimos... que completo resultó aquel protocolo; años después supe que no era tan cierto.

 Voltear la página solo le decía a nuestros padres que debían de aprender de aquel momento de angustia y seguir hasta lograr convencernos...finalmente ellos estuvieron en la ceremonia de presentación, en el salón de clases y en los recreos... así fue nuestra primera experiencia en el primer día de la escuela primaria.

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