Vivía a unos metros del mercado principal de Pisco, en una casa de un solo piso, de material noble y ubicada estratégicamente en una esquina... el sol asomaba por el frente en las mañanas y en las tardes resplandecía por el costado. Pasaje Los Lirios 199 era mi dirección... la transversal era la avenida Raúl Porras Barrenechea y ahí frente a mi casa, estaba la de la familia Ruiz Ormeño, con 3 hijos varones, el último de ellos de nombre Raúl... Raulito para los del barrio.
Hice mención de Raúl anteriormente como el productor ejecutivo de un importante evento... era un risueño niño de tez clara, cabello corto medio castaño, mejillas gruesas y contextura promedio, con alma cándida... nos separaban 6 años y 30 cm de estatura a favor mío. Había entonces una marcada diferencia entre nosotros a la que no le presté atención, me había acostumbrado a jugar con mi vecino del frente, además tenía una tienda a la que algunas veces descontaba su stock de dulces...
El visitaba con mayor frecuencia mi casa, donde tenía dos patios y un pasadizo que los unía, y se convertían en el lugar ideal para el juego... por eso otros niños querían unirse con sus respectivos juguetes... así mientras más se sumaban al juego, este se daba mejor. Otras veces salimos a la calle, sobre una pista de tierra y sin veredas... las escondidas, matagente, kiwi, teléfono malogrado, trompo, canicas, fulbito, entre otros tantos... todos esos juegos nos hicieron más amigos.
Había crecido y mis padres solían comprarme muy raras veces juguetes; pero cuando eso sucedía elegía muñecos de jebe... batman, leono y tigro, bart simpson, la tortuga ninja, entre otros tantos... se guardaban celosamente en una conservada lonchera de color rojo, con dibujos de los transformers, guardada desde el nido... tambien se guardaban en mi caja fuerte un murciélago y una lagartija en escala real, esta última era de Raúl y pasó a ser de mi propiedad sin su total consentimiento.
Raulito ingresaba a la escuela primaria, al colegio "República de Argentina", que recientemente había dejado de ser el mío... mi primer y querido colegio. Me cambié a la gran unidad escolar "José de San Martín", la escuela secundaria que se ubicaba al otro lado de la ciudad... en Pisco Playa. Este no fue impedimento para nuestra amistad, podíamos jugar como siempre todas las tardes después del almuerzo, las tareas las dejabamos para el final del día.
Si bien era cierto empezaba a conocer gente de mi edad, con otros pasatiempos y costumbres, con juegos de adolescentes; los mios seguían siendo los de un niño... era la más clara señal de que no quería abandonar esa niñez y los de mi edad bromeaban sobre el eso. Pero los años sumaron y empezé a ver de otra forma a las chicas... a las que empecé a conocer y ofrecer mi tiempo, las fiestas y la ingrata rutina hicieron que lentamente me olvide de mi amigo Raúl.
En diciembre de 1996 había acabado la escuela secundaria, y tal como lo habían hecho mis hermanos mayores debía partir a la capital por un futuro mejor... eso suelen decir nuestros padres. Debía abandonar mi casa, mi natal ciudad, a mis amigos y una linda enamorada...tenía miles de historias vividas en aquel lugar que no dejarían escaparme fácilmente... así sucedió en la gris capital, solía hablar con todo aquel que me conociera de lo que viví en mi querido Pisco.
Las contadas veces que retorné fueron en el verano, entre los meses diciembre y febrero, y las aprovechaba básicamente para ir a la playa, de juerga con mis amigos de "la urba" o intentar estar con alguna linda chica que conocía. La estadía era corta y debía aprovechar el tiempo al máximo... mis amigos sabían a la perfección como colaborar con mi programa vacacional.
Perdí total contacto con el niño del que les hable en este relato. Como se verá fisicamente? Será alguien de bien? Cómo pude alejarme de mi amigo Raúl?... son preguntas que me hice en algun momento de profunda soledad. Mientras la rutina seguía haciendo de las suyas, me dí cuenta que no volví nunca más a aquel barrio donde crecí, lo mucho que acercaba era al otro lado del mercado donde tomaba el carro a Paracas... mis actos entonces decían todo lo contrario... la vida me hizo un total ingrato.
Una de aquellas noches de incontrolabre adrenalina en la discoteca conocida como el As, después de varios años lo volvería a encontrar.. ahí estaba frente a mí, convertido en simpático y corpulento muchacho, con una estatura casi como la mía... había hechado cuerpo!... eso que a mí nunca se me dió. Con un vaso de cerveza en la mano, bailando con mejor ritmo del que le conocía... cruzamos miradas y con una alegría infinita rápidamente nos dirigimos al encuentro... nos dimos un cálido abrazo de apenas escazos segundos, intercambiamos algunas palabras y luego retornó a su baile.
Aquel fugaz momento significo tanto.... había vuelto a encontrar a mi amigo de siempre... a mi amigo Raúl. Esta vez ya con algo de madurez no pensaba alejarme sin saber que había de su vida y lo seguí sin perderlo de vista... a un lado de él bailaba alguien de rostro familiar, era otro amigo de la infancia al que no veía tantos años... que felicidad sentí al verlo disfrutando su baile pues tenía el recuerdo marcado de una lamentable historia suya. Conversé con ambos amigos por primera vez de la vida real, ya no era sobre nuestro imagimario de muñecos de jebe cobrando vida.
Aquella noche perpetuó en mi el verdadero valor de la amistad... decidí no volver a perder a este gran amigo. Prometí que seguiría siendo parte de mi vida y mantuvimos una comunicación más cercana. En el 2008 me casé con Patricia Gonzales Viera y ahí estuvo él para festejar con nosotros, que felicidad sentí... aprovechamos la ocasión para recordar nuestra infancia... esa noche nos divertimos tanto como en el cumple del pollo Claudio, como cuando corríamos por el mercado, como cuando escalabamos la pared del estadio y nos dimos cuenta que el ingreso era gratis...
Terminó esta historia contándoles que aún existe aquella lonchera roja y sus juguetes de jebe. Se mudaron a Lima junto a mi y durmieron por 15 largos años... hasta que un día ante tanta insistencia mi hijo terminó por apropiarse de mis recuerdos más sagrados. Amigo Raúl Ruiz te agradezco infinitamente por haber estado ahí todas esas tardes y los fines de semama... fuiste mi primer amigo y aún estas aquí... ahora se que nunca es tarde para volver, si del otro lado hay un amigo como tú...
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